viernes, 16 de marzo de 2012








¡Qué viene el lobo!
       



Cuando realicé el cursillo de hospitalero voluntario, todos los asistentes éramos novatos a excepción de los monitores que nos iban transmitiendo sus experiencias y estábamos un poco a la expectativa de lo que podíamos experimentar. No sabíamos muy bien lo que nos esperaba, estábamos allí porque todos más o menos teníamos las mismas ganas de devolver al Camino todo lo maravilloso que nos había regalado. Pero aunque todos compartíamos el mismo objetivo éramos un colectivo bastante heterogéneo tanto en diferencia de edad como en procedencia social…, porque el Camino no hace distinciones, todos somos Peregrinos, pero siempre hay algunos que sobresalen y destacan por su originalidad y a veces, incluso por su descaro e ingenio. Cuando esto sucedía, Anai que coordinaba el cursillo, señalando y casi como compadeciendo al que había destacado, le decía “tú me parece que vas a ir a Ponferrada”. Aunque no sabía muy bien cómo debía interpretar aquello, me sonaba como a un castigo. Me acordaba de cuando nuestro comportamiento de pequeños no era el adecuado y nos decían: “¡qué te vas al cuarto oscuro!”.
Fue una impresión seguramente equivocada y mi imaginación unas veces inquieta y otras un poco por ignorancia, se encargó de ir haciéndome adquirir una idea preconcebida de este albergue.
Pensándolo fríamente, durante mucho tiempo, este ha sido uno de los albergues más grandes del Camino y poder controlarlo con satisfacción tiene que resultar algo muy complicado. Cientos de peregrinos diarios pueden convertirse en cientos de problemas o sea que era, en principio, un destino nada envidiable.
Por eso cuando me ofrecí como hospitalero para ocupar unos días que tenía libres y Anai me dijo: “A Ponferrada”, mi primera impresión fue pensar: “¡qué viene el lobo!”… y yo voy directamente a su madriguera”.
Cuando llegué al albergue y me presenté, el hospitalero casi sin  saludarme me miró como quien ve caer una bendición del cielo diciéndome que era más bienvenido que el agua de mayo. Mi  llegada era una imperiosa necesidad ya que el hospitalero se encontraba desbordado: en un albergue con una media de entre ciento cincuenta y doscientos peregrinos diarios, dos hospitaleros son una minucia, lo ideal es que haya cuatro o seis para que todo funcione a la perfección y dar al peregrino la acogida que se merece.
Hechas estas premisas y una vez en mi puesto, después de pasar casi diez días muy intensos, solo puedo asegurar que ha sido una bendición poder haber ejercido mi hospitalidad en  un albergue como éste.
Uno que se va considerando algo veterano en esto de la hospitalidad y que dispone del criterio suficiente para saber extraer las bondades de cada sitio, puede afirmar que no cambiaría por nada los días que se ha ofrecido voluntario en la capital del Bierzo.
Desde que por la mañana sonaba el reloj, a las cinco y cuarto hasta que a las once y media regresaba a los brazos de Morfeo eran dieciocho horas de intensos momentos: de despedidas, de limpieza, de acogida y consuelo que han sido muy especiales y gratificantes.  En situaciones y en albergues como este de San Nicolás de Flüe es donde la hospitalidad se puede poner con mayúsculas porque todo el día lo dedicas a las necesidades del peregrino que llega al albergue y esos cientos de problemas, se convierten en cientos de satisfacciones.
Un lugar tan grande, puede parecer a primera vista que es algo muy impersonal, donde la convivencia con los peregrinos es muy escasa, pero resulta todo lo contrario. Al  haber tanta diversidad, siempre encuentras mucha gente que necesita ser escuchada porque las sensaciones diarias tienen que ser los peregrinos quienes las transmitan y el hospitalero quien debe estar para saber escucharlas con esa paciencia que nos caracteriza.
Lo bueno de conocer estos lugares, es que nos dan la oportunidad de cambiar las ideas preconcebidas que teníamos, y gracias a la experiencia personal, podemos enriquecernos con las sensaciones y las vivencias que vamos acumulando cada día, y de esa forma siempre prevalecerá nuestro propio criterio.
Gracias al albergue de San Nicolás de Flüe por haberme permitido sentir de una forma intensa la hospitalidad como yo la concibo. Creo que es uno de los albergues a los que quiero y deseo volver pero no porque en un momento determinado puedan necesitarme, hay muchos hospitaleros en todo el mundo que pueden hacer esa labor, sino porque seré yo quien necesite lo que este albergue puede ofrecerme. Me ha regalado tan buenos momentos y recuerdos que siempre tendrán un lugar especial en mi corazón formando ya parte de mi experiencia personal.
El lobo se ha convertido en un hermoso cordero que dócilmente sabe acoger en su regazo a todos los que acuden a él y nos permite captar esas sensaciones y esencias que pensábamos que ya habían desaparecido y cuando por fin las encontramos nos sentimos reconfortados







Lo que se promete, se cumple



Cuando llegué de nuevo a aquel albergue, uno de los primeros recuerdos que vino a mi mente fue la de aquel hospitalero con el que coincidí la primera vez que estuve allí. Era muy concienzudo con el trabajo que estaba desempeñando, pero cuando todo se encontraba como él deseaba, resultaba una persona muy dicharachera y amena con los peregrinos a los que alojaba.
            Una noche, mientras los peregrinos se encontraban en la larga mesa de madera cenando, me hizo un guiño para que le siguiera la corriente y se dirigió a una joven peregrina que cenaba junto a las amigas con las que caminaba, estaba comentando esas anécdotas diarias del camino. La joven se dirigió a Tomás, que así se llamaba el hospitalero y le pidió que le fuera contando lo que verían en las siguientes etapas que debían recorrer.
            Tomás, fue contándole los sitios tan especiales y maravillosos que tenían por delante haciendo especial hincapié en aquellos que de ninguna manera debían pasar por alto. Cuando llegó a la región maragata, les hablo de la Cruz de Hierro y les fue explicando su historia.
            Mercedes, la joven peregrina, le dijo que le habían hablado mucho y muy bien de ese lugar, era de los pocos que recordaba y deseaba llega a el.
            - ¿Y cuando llegues, dejaras la piedra que traes desde donde vives?- pregunto el hospitalero.
            ¡Piedra, que piedra! – dijo la joven.
            Entonces Tomás le fue explicando con la calma que solo se adquiere con la edad, la tradición que los peregrinos tienen de traer una piedra desde su lugar de residencia para dejarla en el túmulo que hay en la base de la cruz. Es una costumbre que está muy arraigada en el camino y que cada vez hay más peregrinos que la siguen.
            - ¡Pues no lo sabía! – dijo la joven- ¿y ahora que puedo hacer? A mí me encanta seguir las tradiciones.
- Pues podemos matar dos pájaros de un tiro – dijo Tomas – yo tengo mi piedra para dejarla en la base de la cruz, pero al tener que haberme quedado de hospitalero, no voy a poder hacerlo y tu no tienes piedra que llevar, te propongo que lleves la mía y así cumpliremos los dos la tradición.
- Me parece bien - dijo la joven – cuenta con ello, yo te la llevaré.
- Pero – dijo en tono grave Tomás – tienes que prometérmelo, no quiero que lo digas por cumplir y luego no la lleves, la tires por ahí o se te olvide.
- ¡Te lo juro por lo que quieras! – dijo mientras levantaba su mano derecha.
Entonces Tomás se retiró al almacén y apareció con una gran piedra de más de tres kilos que servía para sujetar la puerta y que la corriente no la cerrara. Al verle aparecer, todos estallamos en una sonora carcajada, incluso la joven peregrina que inicialmente mudo el color de su cara, pero luego sonrió con los demás.
Un día llegó al albergue David con su padre, venían realizando el camino en bici y mientras cenaban, el joven me comento la experiencia tan interesante que estaba siendo para los dos el camino. Su padre ya lo había realizado en varias ocasiones, pero esta vez había podido convencer a David para que le acompañara. Aunque la única condición que el joven puso fue hacerlo en bici a lo que su progenitor accedió ya que conocía bien a su hijo y sabía que si ponía los pies en el camino, aunque fuera pedaleando, le entraría esa magia que él experimento la primera vez y le hizo repetir de nuevo.
David me comento que le estaba pareciendo todo lo que había visto una maravilla y me preguntaba por lo que todavía le quedaba por ver. Le fui describiendo todos los lugares que yo pensaba que le iban a encantar y cuando llegue a la Cruz de Ferro, me acorde de la anécdota de Tomás y Mercedes.
- ¿Habrás traído la piedra para dejar en la base de la Cruz? – le dije.
- ¿Una piedra? – Preguntó - ¿Me estás tomando el pelo?
Pregunté a los demás peregrinos que se encontraban cenando en la mesa y varios confirmaron que ellos la llevaban, ratificando mi historia, incluso dos peregrinos buscaron en sus mochilas y nos las mostraron.
- No te preocupes – le tranquilice – yo tengo mi piedra que no voy a poder llevar por haberme quedado de hospitalero y podías hacerlo tú por mi.
- ¡Cuenta con ello! – me dijo – faltaría más, después de la acogida que nos has dado, es lo menos que puedo hacer.
- Esto es muy serio – le comente – esa piedra está destinada para que descanse en la base de la Cruz y no quiero que lo haga en ninguna cuneta del camino, soy un poco supersticioso y si la tiras por ahí, pienso que me va a traer mala suerte.
- Te Lo prometo por – se quedó pensando David mientras miraba a su padre – por este, que está presente y él va a ser testigo de que cumplo lo que prometo.
- Pero…
- Ni pero ni nada, tú trae la piedra y la guardo en la mochila y cuando llegue a la Cruz esa, la deposito allí – me atajo David.
Fui hasta el almacén para buscar la piedra, pero esta ya no se encontraba donde había estado unos meses antes. Busque en vano para ver si la veía hasta que mis ojos se fijaron en un gran ladrillo que estaba junto a una docena más y habían sido dejados allí después de una reforma que se había realizado en cualquier lugar del vetusto albergue.
Regresé al comedor y al verme aparecer con el ladrillo, todos rieron por la ocurrencia, todos menos David que miraba aquel material tan grande, contrastaba con la pequeña mochila que llevaba con las pocas cosas que necesitaba cada jornada.
Al verle tan serio, le dije que no se enfadara por la broma que le había gastado y si no le había gustado por ser la risa de todo el albergue y le pedí disculpas.
- Ni broma ni nada – dijo serio David – yo lo que prometo lo cumplo, o sea, que mañana me llevo el ladrillo.
Trate en vano de hacerle desistir pero David se mantenía firme en su decisión. Yo esperaba que el sueño le hiciera comprender que solo se había tratado de una broma y que estaba liberado de su promesa.
Por la mañana, cuando le fui a despertar a los peregrinos para invitarles a que subieran a desayunar, David me dijo que si había puesto algún mensaje en el ladrillo y si no lo había hecho, que pusiera lo que quisiera que quedara escrito en el porqué iba a la base de la cruz.
Todas las justificaciones y explicaciones que trate de darle fueron inútiles, él seguía empeñado en cumplir lo que había prometido. Subí al comedor para preparar el café y puse un mensaje en el ladrillo con un rotulador permanente.
Realicé un nuevo intento para hacerle cambiar de opinión, incluso solicite la ayuda de su padre, pero este me dijo que no había nada que hacer ya que su hijo era de ideas muy fijas y cuando se proponía algo, era muy difícil hacerle cambiar de criterio.
Cuando terminó de desayunar, nos sacamos una foto sujetando el ladrillo y como pudo lo acomodo en una de las alforjas de su bicicleta. No cabía en ella, por lo que tuvo que amarrarlo con varias cuerdas elásticas.
Nos despedimos con un abrazo y con mi último intento de que dejara el ladrillo, pero solo conseguí que me dijera que ya tendría noticias suyas.
Cuando termine mi labor como hospitalero, regrese a mi casa y al abrir el correo electrónico había un mensaje de David: “promesa cumplida” me decía y venia con un documento adjunto que al abrirlo me mostró una foto de la Cruz de Ferro con el ladrillo apoyado en el tronco que sujeta la Cruz.








Historia de una superación



            La mirada triste de Belén, como en muchas ocasiones estaba perdida en la amplia estancia en la que ahora pasaba la mayor parte del día. Procuraba no pensar, cuando lo hacía siempre venían a su mente las tristes imágenes de aquel aciago día en el que el destino la postró para siempre en una silla de ruedas.
            Como todos los días, su padre había pasado por el colegio al finalizar su trabajo, juntos volvían a casa mientras ella le iba contando todas las novedades que habían ocurrido durante el día.
            Ese día, quiso mostrarle uno de los trabajos que había presentado en ciencias y capto por unos instantes la mirada de su padre hacia lo que ella le mostraba, fueron solo unos segundos que resultaron catastróficos ya que sin darse cuenta se saltó una señal de stop y un camión que tenía preferencia impacto contra el vehículo en el que ellos viajaban.
            Fue un golpe seco sobre la parte en la que se encontraba el conductor que hizo que el coche diera varias vueltas sobre si mismo sin control hasta que choco con otro vehiculo estacionado en la acera e hizo que se detuviera. Su padre murió en el acto y Belén solo recordaba como una persona cortaba su cinturón de seguridad y la sacaba del amasijo de hierros en los que se había convertido el coche.
            Ya no recordaba nada más, durante una semana permaneció en coma en el hospital y los médicos hicieron todo lo que estaba en sus manos para salvar su vida. Sus recuerdos comenzaban de nuevo en el momento que se despertó cuando sintió la cálida mano de su madre que sujetaba la suya.
            Le resultaba difícil saber cual fue el peor momento que paso los días siguientes de su nueva vida, cuando le dieron la noticia que su padre con quien compartía casi todo, había fallecido como consecuencia del accidente o en el momento que se enteró que no podría volver a caminar más, los daños en su columna vertebral eran irreversibles y la condenaban a estar postrada el resto de su vida en una silla de ruedas.
            Cuando le dieron el alta en el hospital, regreso a su casa, la encontró muy cambiada, no solo por la falta de quien para ella la llenaba por completo y no volvería a ver más, sino por la configuración del espacio que había sido adaptada a la nueva situación en la que se encontraba. Habían desaparecido todos los obstáculos que impedían que la silla de ruedas sobe la que se desplazaba no encontrara ningún impedimento que la permitiera ir de un lado a otro de la casa con toda la independencia que ella podía conseguir accionando el dispositivo que hacía que la silla se desplazara.
            Eva, su madre, trato de hacer los menores cambios en sus vidas intentando que todo volviera a ser como antes y cuando creyó que ya estaba preparada para afrontar la cotidianeidad que antes tenía, volvió a llevarla al colegio.
            Había adaptado su coche para poder introducir en su interior la silla de ruedas, cuando sentaron a Belén en el asiento del copiloto, sintió una angustia que antes nunca había tenido, la costó varias semanas eliminarla, pero ya no hablaba cuando se desplazaban en el vehículo, sentía que cuando llamo la atención de su padre esa fracción de distracción fue el desencadenante que ocasiono el accidente en el que se habían visto implicados.
            En el colegio tampoco las cosas fueron mejor, percibía que todos estaban pendientes de ella y se sentía el centro de atención y de los comentarios de cuantos le rodeaban y eso no la gustaba, estaba teniendo un trato especial que la hacía diferente y ella solo deseaba pasar desapercibida.
            Durante el recreo se limitaba a observar como sus compañeras se divertían jugando, los primeros días las amigas más cercanas trataron que se integrara en sus juegos pero ella desistió hasta que ya no insistieron más y sentada en la silla de ruedas contemplaba todo lo que se perdería el resto de su vida.
            En varias ocasiones trato de convencer a su madre para dejar el colegio ya que cada vez se sentía más sola y desplazada, pero Eva después de consultarlo con varios especialistas se mantuvo firme en su decisión de que lo mejor para ella era seguir asistiendo a las clases con el resto de sus compañeras, como si no hubiera pasado nada.
            Lo más difícil resultaban las largas horas que pasaba en su casa, no sabía como ocupar su tiempo ya que no había nada que la entretuviera como antes, se sentía tan desdichada que muchas veces se lamentó de que el destino no la hubiera permitido acompañar a su padre en el último viaje.
            Su rendimiento escolar bajo de forma ostensible aunque aprobó todo el curso, pero fue sin la brillantez que lo hacía anteriormente ya que sus notas rara vez eran superadas por el resto de la clase y sus profesores siempre la ponían como ejemplo ante los demás.
            Su mayor entretenimiento era cuando se sentaba delante del ordenador e iba ampliando sus conocimientos a través de Internet, ya que de cualquier materia que antes le apasionaba, tenía ante sí, delante de la pantalla la mayor biblioteca que podía desear, hasta que su conocimiento sobre el tema que abordaba lo agotaba completamente y entonces comenzaba a buscar nuevos temas sobre los que entretener su mente.
            Un día pensando sobre que asunto ocuparía su mente las próximas horas se quedó un rato pensando como hacía siempre lo que más la podría ilusionar y de forma mecánica, casi sin pensarlo, puso en el buscador la palabra caminar. Se desplegaron en la pantalla todas las definiciones que había sobre esta palabra y lo beneficioso que para el cuerpo y para la salud era este hábito.
            Solo podía sentir envidia de todo lo que leía ya que ella no podría volver a hacerlo jamás, fue pasando las páginas de Google y pincho en un enlace que ponía “caminar hacia Santiago”, aquello le sonaba de algo pero no sabía de qué, por lo que accedió a la información que había detrás del titular.
            Fue leyendo las experiencias que hacía un joven detallando su peregrinación a Santiago y entró en varios links que hablaban sobre el mismo tema y sintió envidia, mucha envidia de aquellos que se desplazaban cientos de kilómetros únicamente con la fuerza que le proporcionaban sus piernas.
            Le había parecido muy interesante todo lo que había leído y algunos de los enlacen en los que había entrado los fue poniendo en favoritos para seguir indagando sobe este tema tan desconocido para ella, pero a la vez estaba comenzando a interesarle.
            Al día siguiente se levantó antes de lo que era habitual en ella y cuando su madre vino a despertarla con la bandeja del desayuno, ya estaba conectada a Internet. Eva observó sin decir nada ya que por primera vez en mucho tiempo veía que Belén se interesaba por algo y dejo la bandeja sobre la mesa y salio de la habitación tratando de no interrumpirla.
            Con el paso de los días, se fue familiarizando más con las paginas web especificas sobe el camino, leía todo lo que se ponía en los foros y hacía numerosas preguntas bajo el nick correcaminos. Se estaba haciendo muy popular entre los peregrinos y se atrevía incluso a responder a las preguntas que algunos hacían, parecía una experta aunque jamás hubiera estado en el camino, pero leía tanto sobre el que lo conocía casi de memoria, ahora soñaba dormida y despierta con el camino imaginándose en muchas ocasiones recorriendo cualquier tramo de esta ruta.
            Un día, uno de los participantes en uno de los foros pidió información para hacer el camino en silla de ruedas, quería llegar a Santiago para ver si desaparecía la dolencia que le había postrado temporalmente en una silla de ruedas.
            Aquello fue un descubrimiento para Belén, siempre se había imaginado a los peregrinos con su mochila a la espalda, pero jamás hubiera pensado que personas como ella se plantearan recorrer ese camino lleno de magia.
            Busco toda la información y las experiencias que había de peregrinos con diferentes tipos de minusvalías que habían realizado el camino, cada vez había más casos que leía con avidez. Se quedó sorprendida de los peregrinos que con una movilidad reducida o nula habían conseguido hacer la peregrinación, por lo que desde ese momento todas sus consultas trataban sobre estas situaciones y fue poniéndose en contacto con las personas que lo habían hecho o con quienes les habían acompañado.
            Abrió una carpeta en la que fue guardando todos los testimonios, aunque ahora lo que más le interesaba era conocer las dificultades que se habían encontrado y como hicieron para superarlas y comprobó que no había nada imposible, con una buena planificación se podían superar todas las adversidades.
            Fue muy importante la información que le proporciono Oskar, era un joven de veintidós años que había tenido un accidente de moto y había quedado en la misma situación que Belén. Primero comenzaron a intercambiar diariamente varios correos hasta que consideraron que era más positivo verse las caras y durante horas a través de la web cam se pasaban horas conversando.
            Eva percibió enseguida el cambio que había experimentado Belén, se imaginó que había conocido a alguna persona a través de Internet y en varias ocasiones trato de intervenir, pensaba que si su hija no había contado su situación y daba pie a que una situación personal entre su interlocutor y ella fuera avanzando en el momento de conocer la realidad la decepción por el rechazo podía ocasionarla un daño irreversible. Pero la sentía tan feliz, que dejó que continuara, al menos durante el verano, ya que cuando comenzara de nuevo el curso dispondría de menos tiempo y quizá todo se olvidara o al menos se enfriara.
            Oskar fue detallando cada hora que había pasado en el camino y las dificultades que se había encontrado y como logró superarlas. Hubo momentos en los que había alternativas por el arcén de la carretera y él las tomaba, como tenía todo el tiempo del mundo, no le preocupaba cuando llegaría a su meta. Cuando el terreno se ponía complicado y la persona que le acompañaba no podía seguir empujando la silla de ruedas, en unos minutos se juntaban media docena de peregrinos que viendo el problema cogian la silla en volandas y superaban la dificultad. Cuando sabía que el tramo que debía superar era excesivamente duro o difícil, entonces recurría a un vehículo que llevaban de apoyo para superarlo.
            En los albergues siempre había alguna dificultad, él no podía acceder a las literas superiores por lo que llamaban previamente al lugar donde pensaban llegar explicando la situación y siempre había una litera baja que le habían reservado. Otro de los inconvenientes era el tema de la ducha, la mayoría de los albergues no están preparados para personas con discapacidad, pero siempre había una solución, habían adaptado una silla de plástico que llevaban en el coche de apoyo sobre la que sentaban a Oskar. Tenía dos asas para levantarla entre dos personas y en ella le situaban bajo la ducha. Después de enjabonarse dejaba correr el agua para que se llevara toda la fatiga que se había acumulado en su cuerpo.
            Le hablo de más imprevistos que le surgieron, pero milagrosamente todos se iban solucionando sobre la marcha, algunos se los comentó como anécdota a Belén, teniendo siempre en cuenta que eran casos muy excepcionales y no tenían por qué ocurrirla a ella.
            Belén se había convertido en una experta en el camino para minusválidos, tenía cuatro cuadernos en los que había detallado casi todos los inconvenientes que podían surgir, bajo de Internet unos planos con desniveles y diferentes cotas de altura y con lo que le dijo Oskar y algunos peregrinos más, fue haciendo sus anotaciones y ya disponía de la información suficiente para plantearse afrontar este reto.
            Mientras estaban comiendo, le dijo a su madre:
-         Quiero hacer el camino de Santiago.
Eva la miro, pensando que no había entendido bien lo que su hija la decía
-         ¿Qué quieres que? – pregunto sorprendida.
- ¡Qué voy a hacer el Camino a Santiag! - dijo Belén – se que te sorprenderá pero lo tengo bien estudiado y puedo hacerlo, hay otras personas en mi misma situación que lo han hecho y yo no solo quiero, creo que debo hacerlo.
Durante toda la tarde, Belén estuvo explicando a través de los cuadernos todas las anotaciones que había realizado con la información que le habían proporcionado en Internet, estaba todo tan completo y la información era tan minuciosa que Eva no supo donde poner ningún pero, además veía tan emocionada e ilusionada a su hija que no quería decepcionarla, se había propuesto apoyarla en todo lo que quisiera hacer y aunque esta aventura le parecía descabellada, no iba a ser ella el impedimento que no la dejara llevarla a cabo.
Eva fue buscando consejo e informándose todo lo que pudiera para ser útil en este proyecto en el que Belén se había embarcado. Los médicos y psicólogos que atendían a su hija hicieron las observaciones que consideraron oportunas, pero en ningún momento trataron de hacerla desistir de la idea, al contrario la animaron a que la llevara a cabo ya que eso podía elevar de una forma considerable la autoestima de su hija.
También contacto con Oskar, fue Belén la que les puso en contacto y Eva le veía tan serio y tan responsable que acabo disipando las pocas dudas que podían quedarla después de la información que disponía.
Se pusieron de acuerdo que el mes de mayo sería el más idóneo para llevar a cabo su proyecto ya que los días son largos y el buen tiempo está garantizado. Calcularon que tardarían dos meses en completar su objetivo, por lo que en Julio cuando el calor comienza a ser más intenso y cuándo el camino comienza a masificarse, ellas ya estarían de regreso.
Marina, una hermana de su padre, cuando tuvo conocimiento del proyecto de su sobrina, se ofreció para acompañarlas llevando un coche de apoyo, tenía unos amigos que disponían de una furgoneta caravana que seria el vehículo idóneo ya que permitiría que durmiera en ella al finalizar la etapa mientras Eva y Belén lo hacían en el albergue y si surgía cualquier imprevisto en la caravana disponían de todo lo necesario para cualquier eventualidad.
Fueron preparando todo lo necesario, madre e hija hablaron muchas veces con Oskar y fueron haciendo una lista con todo lo que necesitarían para los imprevistos que pudieran surgir, el volumen y el peso no iban a ser un impedimento ya que en la caravana podían llevarlo todo. En lo que más hincapié hizo Oskar fue en una silla de ruedas que fuera ligera y muy funcional, a él le habían elaborado una especial y las convenció para que aceptaran llevarla, esa sería su contribución a este proyecto en el que se había implicado tanto.
Por fin llego el día tan soñado para Belén, el treinta de abril se dirigieron a Roncesvalles cargadas de ilusión y de sueños, aunque también había cierto temor ante lo imprevisto, sobe todo ante la opción del fracaso y que si esto ocurría fuera una decepción que Belén no podría superar.
En Roncesvalles le facilitaron acogida a las tres aunque Marina quiso rechazarla, pero considero que también era su proyecto y procuraría vivirlo lo más posible con su sobrina.
Cuando los monjes de Roncesvalles se enteraron de las condiciones en las que Belén iba a realizar el camino, hicieron una misa especial para ella, las bendiciones con las que despedían a los peregrinos estaban cargadas de emoción y buenos deseos para que viera culminado con éxito su proyecto. Cada uno de los seis monjes bendijo de forma particular y especial a la joven y todos se despidieron de ella con un emotivo abrazo.
La emoción del momento impidió que Belén pudiera conciliar el sueño, deseaba tanto que llegara el momento de la salida que los pensamientos fueron ocupando el espacio del sueño y su mente recorrió todo el camino que tenía por delante ya que estaba en su memoria como si ya lo hubiera realizado.
Superar los primeros dos puertos supusieron unos contratiempos importantes, pero cuando estaban a punto de abandonar siempre aparecían varios peregrinos que las ayudaban a superar los lugares por los que la silla de ruedas no podía seguir con el impulso que Eva le daba. Esa primera jornada resulto muy fatigosa para Eva que llego casi sin fuerzas al final de la primera jornada, pero veía tanta felicidad en el rostro de su hija que daba la impresión de que las fuerzas que parecían perdidas volvían de nuevo a su cuerpo.
En el albergue ya tenían conocimiento de la llegada de Belén, no solo por la llamada que realizo Eva y la antelación con la que Marina fue a informarles, todos los peregrinos que habían llegado ese día le comentaron a la hospitalera que debía reservar un sitio para Belén por las condiciones en las que estaba haciendo el camino.
Cuando dejaron atrás Pamplona, les recomendaron que dieran la vuelta al alto del perdón ya que el descenso podía resultar imposible para la silla de ruedas, pero Belén soñaba con pasar esta dificultad como peregrina y siguieron adelante.
El ascenso resultó complicado, pero cada vez eran más los peregrinos que sustituían a Eva empujando la silla de ruedas. Cuando llegaron al alto, comprobaron que pasar entre las numerosas piedras iba a ser una misión imposible. De nuevo un grupo de peregrinos se ofreció a ayudar, improvisaron una silla con una tabla sobre la que sentaron a Belén y así la descendieron por este pedregoso tramo, mientras otro peregrino bajaba empujando la silla de ruedas.
En los albergues la convivencia resulto excepcional, Belén se estaba convirtiendo en la heroína de los peregrinos, todos admiraban su decisión y el valor con el que estaba afrontando el camino y era el centro de todos los comentarios. Cada día veían a nuevos peregrinos ya que su ritmo era la mitad de rápido que el del resto de los peregrinos que iban caminando, por eso quienes la veían por primera vez, ya habían oído hablar de ella en los albergues por los que habían pasado.
Resultaba curioso como cada tramo complicado, cuando necesitaban una ayuda para seguir adelante siempre aparecía alguien que las ayudaba, estaba resultando dentro de las dificultades mucho más sencillo de lo que las dos esperaban.
Todos los peregrinos hablaban del camino que Belén estaba haciendo, por lo que cuando llegaba a un pueblo o a un albergue la información que iban dejando los peregrinos la precedía y en algunos sitios contemplaron que había personas esperando su paso y la animaban a continuar.
Algunas personas muy devotas la detenían y la bendecían y le daban una estampa de un santo que la iba a ayudar a seguir adelante o le daban una medalla para que la llevara ya que según ellas la protegería de las malas influencias.
Hubo algunos tramos que los superaron en la furgoneta que llevaba Marina, eran aquellos que Oskar les había advertido de que sería imposible recorrerlos o cuando el hospitalero les aconsejaba que optaran por el vehículo para evitar la dureza de los mismos.
Cuando terminaban cada jornada, solían visitar la iglesia del pueblo en el que se habían parado, algunos sacerdotes se acercaron al albergue o las esperaban en los templos para ofrecerles el consuelo que la fe en ocasiones puede aportar a algunas personas.
Los sacerdotes más jóvenes solían conversar durante tiempo con Belén, no solo le hablaban del camino, de la cultura y de las tradiciones que se estaba encontrando en el camino sino que hablaban de otras cosas que se comentan entre las personas de edades similares y que crea algo de complicidad ente quienes las hablan.
Cuando superaron la ciudad de Burgos, un día se desató una gran tormenta y creyeron conveniente ese día descansar, pero eso no entraba en los planes de Belén, ya que deseaba todos los días disfrutar del camino como hacían los demás peregrinos sin importar las inclemencias del tiempo.
Trataron de hacerla desistir, ya que podía ser contraproducente afrontar una jornada en aquellas condiciones y al final llegaron a un acuerdo, solo recorrerían ese día media docena de kilómetros que les separaban del siguiente pueblo.
La ascensión a la cima del Irago la hicieron en la caravana, les aconsejaron ir directamente hasta Molinaseca, pero Belén quería dejar su piedra en la base de la cruz de Ferro. Cuando estaban a unos cientos de metros de la base de la cruz, bajaron de la furgoneta, y Belén en la silla de ruedas recorrió los cientos de metros hasta que llegó al túmulo y dejo allí también su piedra.
Otro de los tramos que realizaron en la furgoneta fue la ascensión a O Cebreiro, fueron caminando por la carretera hasta que Eva se sintió muy cansada y como por allí no pasaban peregrinos, optaron por llamar a Marina para que fuera a recogerlas y juntas subieron el puerto de Piedrafita, pero los kilómetros hasta la puerta del albergue los hicieron con la silla de ruedas.
En Galicia hubo momentos muy entrañables porque los lugares por los que caminaban daba la impresión que infundían un animo especial a la peregrina, pero el terreno no es el más apropiado para recorrerlo como ellas hacían, por lo que en numerosas ocasiones contaron con la ayuda desinteresada de los peregrinos que las iban superando.
La llegada al monte do Gozo fue un momento muy especial para Belén, por primera vez Eva vio como lloraba, no pudo contener la emoción por haber conseguido su objetivo y las dos se abrazaron y lloraron en silencio ante la mirada de satisfacción de quienes estaban a su alrededor.
Descendieron hasta las primeras calles de Santiago, ahora ya no caminaban solas, cada vez era mas numeroso el grupo que se iba formando a su alrededor, todos querían sentir la emoción de llegar juntos ante la fachada de la catedral.
La noticia se había difundido como un reguero de pólvora y la Plaza del Obradoiro presentaba una concurrencia mayor que lo habitual, cuando Belén irrumpió en ella se produjo una gran ovación y cientos de personas sin saber por qué, estaban llorando.
Madre e hija, también se abrazaron en medio de la plaza y lloraron como hacia mucho tiempo no lo hacían, no podían decir nada porque sus gargantas se encontraban retorcidas por el nudo de la emoción.
Se fue formando un coro de personas alrededor de ellas, todos querían abrazar a Belén, todos querían felicitarla y ella complació a todos los que se acercaron a darle la enhorabuena por la hazaña que había logrado.
En volandas, varios peregrinos cogieron la silla y fueron ascendiendo por la escalinata hasta que llegaron bajo la obra del maestro Mateo. Dejaron la silla frente a la estatua de Santiago y por un momento pareció que los músicos pétreos hacen tañer sus instrumentos y todas las figuras del pórtico se inclinaban haciendo una reverencia a la valiente peregrina.
Belén tenia un lugar reservado en el sitio de honor de la catedral que suele estar ocupado por las autoridades en las ocasiones más solemnes, nunca esta silla contó con mejor huésped. Hoy la misa de los peregrinos era misa mayor, una misa por una peregrina muy especial y el botafumeiro también pareció entenderlo con un balanceo más vigoroso que nunca.
El obispo de la ciudad celebró la misa acompañado de numerosos sacerdotes, hablo de la esencia de la peregrinación y hablo de la fe, de la voluntad de los hombres y del milagro de la peregrinación, pero sobre todo habló de Belén que encarnaba todo cuanto él pudiera decir y la bendijo porque era un ejemplo de superación para los demás.
Dos peregrinos se ofrecieron a llevarla a cumplir los rituales de visitar los restos del Apóstol y darle el abrazo. Sin decir nada el resto de las personas que estaban en la Catedral, el lugar de seguir la cola que habitualmente hay en la cripta, cuando introdujeron a Belén se quedaron paradas en la puerta, comprendieron que era el momento de la peregrina con el Santo y nadie más debía estar con ellos.
Belén rezo ante los restos del santo, agradeció todo lo que había hecho para que ella pudiera estar allí, porque sabia que cuando surgieron las dificultades, siempre estaba Santi para echar una mano.
Cuando la ayudaron a incorporarse para abrazar al Santo, se produjo el milagro, el rostro de lucia resplandecía, sabía que aunque estuviera el resto de su vida en la silla de ruedas, jamás volvería a estar sola, siempre tendría el camino que la ayudaría a afrontar todas las adversidades que le presentara la vida.







La guasa peregrina



            Al contar con mucho tiempo de convivencia, no solo durante las horas que dura cada etapa, sino en los largos ratos que se pasan conviviendo en los albergues, la familiaridad con la que actúan algunos peregrinos es digna de admiración, ya que en algunos casos surgen situaciones muy originales que enseguida provocan o contagian la risa de quienes se encuentran junto a ellos.
            Lo normal suele ser contar chistes, pero la gracia es muy limitada, ya que mientras que quienes hablan el mismo idioma que quien los cuenta se parten de risa con los que son ocurrentes y graciosos, los extranjeros se quedan siempre preguntándose por qué se reirán el resto de los que se encuentran con ellos disfrutando de esos momentos. En esas ocasiones suele surgir la persona comprensiva que trata de explicar el chiste a los extranjeros. El efecto suele ser el mismo ya que además de destrozar el chiste, los extranjeros siguen sin enterarse y son únicamente quienes le comprenden los que se ríen, pero en esta ocasión lo hacen por la forma tan sencilla que ha tenido de estropear un buen chiste.
            Por eso lo que resulta mucho más divertido suelen ser las ocurrencias que algunos tienen que no precisan del idioma para ser comprendidos y en esto los andaluces suelen ser unos maestros del ingenio que casi llegan a elevarlo a la categoría de arte.
            En una ocasión Pepe de Huelva estaba haciendo su cuarto camino y había intimado con un grupo en el que la mayoría eran extranjeros. Aunque no se entendían con el vocabulario, pronto comprendieron que los gestos son un lenguaje universal que todos comprenden, por lo que se hacía entender de esta forma, pero como buen andaluz, le resultaba imposible permanecer callado, por lo que según gesticulaba haciéndose entender, acompañaba sus movimientos con ese gracejo tan característico de su tierra.
            Un día tenían por delante una jornada en la que debían caminar casi la mitad de la misma por el arcén de la carretera y nada más salir del albergue, en una cuneta, Pepe se encontró una matrícula que se había desprendido de algún vehiculo que pasaba por allí.
            La mente de Pepe, que para el ingenio se aceleraba enseguida, pensó en el partido que podía sacar a aquella matrícula y la cogió sujetándola en la parte posterior de la mochila para que fuera bien visible.
            Cuando ya estaba sujeta, ese día cambio el ritmo y en lugar de ir en la cola del grupo se puso el primero de tal manera que todos pudieron ver el nuevo elemento decorativo que lucía en su mochila. Al verlo, uno de los peregrinos, un inglés espigado y que parecía el más decidido de todo el grupo llamó la atención de Pepe haciendo que este se parara.
            - “¿Qué llevar tú en mochila? “– preguntó el inglés.
            - Pues que va a ser… ¡la matrícula! – respondió éste.
            - “¿Y por qué matrícula?” – volvió a interrogar el inglés mientras iba traduciendo lo que algunos no entendían que decía Pepe.
            - ¡Cómo qué por qué!, ¡no me digas que vosotros no lleváis matricula! – dijo en un tono un poco extrañado.
            Todos negaron con la cabeza y comenzaron a hablar entre ellos extrañados de ese símbolo jacobeo que desconocían.
            Viendo la reacción que había ocasionado, Pepe muy serio siguió comentando:
            - Pues ahora tenemos por delante varios kilómetros que debemos caminar por el arcén de la carretera y suele estar la guardia civil y al que no lleva la matrícula en la mochila no les dejan seguir el camino, o sea, que si no habéis previsto la matrícula en el siguiente pueblo ya podéis buscarla porque si no os quedáis parados y dependiendo de la guasa del “picoleto” igual os lleva al cuartelillo – comentó muy serio Pepe.
            Resultó muy curioso ver a media docena de extranjeros en la primera tienda del pueblo tratando de hacerle entender al dependiente que necesitaban que les vendieran una matrícula de mochila para poder seguir el camino.

almeida








El camino en el olvido



            Ismael se había jubilado cinco años antes, tuvo que hacerlo obligado, ya que cuando el alzheimer comenzó a destruir las células que guardaban su memoria apenas podía recordar las cosas más básicas de su trabajo y no podía desarrollarlo con normalidad.
            Desde muy joven le había apasionado la mecánica, por lo que cuando comenzó su vida laboral, encontró un puesto de trabajo en un taller de automóviles. Su habilidad enseguida le hizo destacar sobre el resto de sus compañeros, llegando a ser el responsable de la sección mecánica encargándose de aquellos casos que el resto de los compañeros no eran capaces de solucionar.
            Su universo se encontraba completo con su trabajo y su familia, tenía tres hijos que ya habían abandonado el hogar y una hija, Susana que llego de forma inesperada y se convirtió en su principal apoyo y con la que compartía sus confidencias.
            Desde muy pequeña, Susana se sentaba al lado de Ismael y escuchaba las historias que a él le gustaba tanto contar, la mayoría eran sobre el Camino de las Estrellas, era su pasión a pesar de que nunca había puesto sus pies en el. En numerosas ocasiones planifico realizarlo durante las vacaciones, pero siempre surgía algún imprevisto que le obligaba a posponerlo, cuando no eran temas familiares, no quería dejar durante un mes a su familia sola, surgían problemas laborales, un mecánico que había cogido la baja en plenas vacaciones cuando la plantilla del taller estaba bajo mínimos o cualquier otro imprevisto.
            Pensaba jubilarse a los sesenta y cinco años, entonces Susana contaría ya con veinte. La fue contagiando de la pasión y la ilusión que ponía cada vez que hablaba del camino. Dos años antes de detectar su enfermedad, le aseguro a Susana que los dos recorrerían juntos el camino el primer mes después de su jubilación.
            La perdida acelerada de su memoria hizo que todo se pospusiera, incluso consiguió que Ismael se olvidara del camino, ya era completamente dependiente y para salir a cualquier sitio debía hacerlo acompañado ya que de lo contrario acabaría perdiéndose porque se desorientaba con mucha facilidad.
            Susana en cambio, cada vez pensaba más en el camino. Era tanta la emoción que había percibido en cada palabra que su padre le  mencionaba cuando le hablaba de esta ruta que fue haciendo que su cabeza en mil ocasiones viviera y reviviera su aventura de llegar a Santiago caminando Pero sabia que ya no seria igual ya que no llevaría al compañero con el que tanto deseaba hacerlo.
            Físicamente Ismael se encontraba con las facultades casi intactas, por lo que Susana fue concibiendo una idea, cumpliría su sueño y también su padre conseguiría lograr el suyo, fue madurando esta idea sin hacer participe de ella a ninguna persona de su familia.
            Cuando en el mes de junio, Susana terminó los exámenes en la Facultad, todos los días salía a pasear con su padre, lo hacían durante dos horas la primera semana y se incrementaron a cuatro la segunda hasta que al cabo de un mes comprobó que las fuerzas de su padre eran envidiables y había llegado el momento de poner en practica sus planes.
            Un domingo, cuando sus hermanos fueron a la casa familiar para comer todos juntos y acompañar durante un rato a sus padres, Susana después de carraspear con fuerza como tratando de eliminar de la garganta algo que la oprimía, dijo dirigiéndose a todos:
            - Dentro de tres días salimos para Roncesvalles para hacer el camino de Santiago.
            - Como que salimos – pregunto su madre.
            - Sí, papa y yo haremos el camino, era su sueño que lo ha llegado a convertir en el mío y quiero que antes que nos deje lo pueda ver cumplido.
            - Eso no puede ser – exclamo Jorge, su hermano mayor – papa no está en condiciones de hacer lo que estás proponiendo.
            - Lo he comprobado durante estas últimas semanas caminando con él, hay días en los que hemos caminado más de veinte kilómetros y no ha mostrado ningún síntoma de cansancio – respondió Susana – lo tengo decidido por él, es lo único que le queda por cumplir y no es justo que se lo neguemos.
            - Pero has pensado bien lo que vas a hacer hija – dijo la madre.
            - Sí mama, no te preocupes, él estará bien, yo me encargaré en todo momento de cuidarle, no le dejaré solo nunca, será más fácil que se desoriente por la calle que conmigo en el camino – respondió de forma tajante Susana sin dar opción a ninguna replica.
            El resto de la comida y durante la sobremesa, se fueron formando corrillos entre la madre, los hermanos y las mujeres de estos y Susana procuraba estar al tanto de todo lo que se iba diciendo atajando en todo momento con aclaraciones las dudas que iban surgiendo.
            Todos eran conscientes de lo sensata que era Susana y al final se convencieron que si ella deseaba afrontar esta aventura, estaban convencidos que había analizado previamente todos los imprevistos que pudieran surgirles por lo que solo les quedaba asumir y apoyar a su hija y hermana para que este proyecto finalizara como todos deseaban.
- Papa, nos vamos a ir al camino – le susurro Susana abrazándole del cuello cuando se quedaron los dos solos.
Ismael sonrió, fue una tierna sonrisa como de comprensión, gratitud o felicidad, quizá una mezcla de las tres cosas, pero no dijo nada, aunque con la sonrisa Susana compendio que entendía lo que ella le había dicho.
Jorge se ofreció para llevarles en coche hasta Roncesvalles, salieron de casa después  de comer ya que deseaban llegar con tiempo suficiente para alojarse en el albergue y participar en la misa del peregrino.
Durante todo el camino Ismael apenas pronuncio ninguna palabra, se había vuelto muy retraído ya que cada vez le costaba mas construir frases coherentes. Con los desconocidos había suprimido toda la comunicación, incluso con sus hijos, únicamente Susana y su mujer eran los que conseguían establecer alguna comunicación con él.
            Observaba todo lo que había a su alrededor, todo era nuevo para él y miraba cada cosa con la curiosidad de quien ve algo por primera vez.
            Susana acomodó a su padre en la litera inferior, tenía miedo que al no darse cuenta de donde se encontraba se fuera a levantar y se cayera, todos los días haría lo mismo y cuando no quedaran literas bajas, ella se encargaría de proporcionarle una.
            Se acercaron hasta el hermoso templo donde presenciaron la misa cantada que los monjes celebran cada día en honor de los peregrinos. Susana observaba en todo momento las reacciones de su padre y cuando la misa finalizó, al preguntarle si le había gustado, este no dijo nada y dejo escapar una fina lagrima que se deslizó con suavidad por su mejilla.
            Susana había proporcionado a su padre una pequeña mochila en la que llevaba las cosas más necesarias de cada jornada, ella se encargaba de llevar el resto, aunque había suprimido al máximo las cosas que llevarían consigo y si necesitaban algo lo comprarían en los numerosos pueblos que jalonan la ruta.
            Para evitar que en un despiste su padre se encontrara solo, en varias prendas, en la gorra que llevaba y en la mochila había cosido unos pequeños letreros en los que se leía “Me llamo Ismael y el número de teléfono de Susana”
            Las primeras etapas resultaron un poco complicadas, como no quería separarse de su padre, debían caminar al mismo ritmo e Ismael tenía unos pies más largos que los de Susana por lo que esta debía incrementar constantemente su ritmo. En varias ocasiones trato de explicarle a su padre que debía caminar algo más despacio y aunque este asentía con la cabeza al cabo de unos minutos no recordaba nada de o que habían hablado.
            En los largos caminos que se perdían en el horizonte, Susana le daba un poco más de rienda suelta aunque procuraba en todo momento no alejarse de él para evitar que luego la resultara muy difícil darle alcance y se despistara cuando no le tuviera a la vista.
            Fueron coincidiendo con algunos peregrinos que pronto conocieron la historia de los dos peregrinos y algunos viendo el sufrimiento que tenia Susana para seguir el ritmo de su padre, colaboraban con ella y caminaban junto a Ismael y cuando llevaban varios kilómetros recorridos se detenían sentándose a esperar la llegada de su hija, así cada uno llevaba su ritmo y no debía esforzarse por caminar a un ritmo diferente del habitual.
            Donde Susana debía estar más pendiente de su padre, era cuando llegaban a las poblaciones más grandes en las que en ocasiones se mezclaban con numerosas personas y había el peligro que Ismael se fuera detrás de alguna de ellas sin que su hija se diera cuenta. Para evitar esta situación, llevaba un cordel de un metro que lo anudaba a las correas de las dos mochilas y de esa forma era imposible que la multitud consiguiera separarles.
            Como antes de salir de casa Susana fue analizando todas las situaciones imprevistas, estaba preparada para que nada anómalo pudiera ocurrir, el único momento en el que podía estar alejado de su padre era cuando se metía bajo la ducha diaria, pero como Ismael no sabía lo que tenía que hacer para asease a diario, decidió que los dos se ducharían juntos. Los primeros días fueron los más difíciles, superar el pudor que le producía ver desnudo el cuerpo de su padre fue muy duro para ella, pero enseguida consiguió superarlo y se acostumbró a esta nueva situación.
            Únicamente hubo dos ocasiones en las que perdió de vista a su padre y se sobresaltó, la primera fue en la capital riojana cuando entraron en un supermercado para coger provisiones y mientras estaban en la cola para abonar el importe de la compra, Ismael se encontraba detrás de su hija y cuando esta se giró para decirle algo se dio cuenta que había desaparecido. Recorrió varios pasillos hasta que le vio en la zona de los accesorios del automóvil donde se había detenido quizá recordando algunas cosas que en momentos de lucidez su mente recordaba haberlas visto anteriormente.
            La segunda vez fue en León cuando entraron a visitar el templo de San Isidoro con un grupo guiado y en un despiste, mientras Susana contemplaba una tumba, su padre se alejó. Ella fue de inmediato a la salida para avisar al encargado del acceso de la situación que se había producido y cuando miro a la calle vio a su padre en medio de la plaza que hay en la fachada del templo.
            Las comidas que eran otra de las preocupaciones de Susana no resultaron ningún inconveniente ya que Ismael tenía mucho apetito y consumía todo lo que le servían con bastante avidez, en ocasiones debía contenerle ya que de lo contrario comía también lo de los otros platos que había sobre la mesa fueran o no de ellos.
            Ismael se hizo muy popular en el grupo de peregrinos que habitualmente solían coincidir al finalizar la etapa, eso permitía a Susana estar un poco más relajada ya que todos conocían el problema de su padre y procuraban estar pendientes de él lo que Susana agradecía ya que la tensión diaria en ocasiones llegaba a fatigarla más que el propio camino.
            Cada día llamaba a casa para tranquiliza a la familia, la primera semana era una obligación hacerlo ya que todos estaban pendientes de lo que había ocurrido ese día y después de la hora convenida para conversar los hijos estaban esperando la llamada de su madre para que les contara la situación en la que los dos se encontraban. Últimamente se había convertido en un habito, una formalidad que debía cumplir cada vez que el reloj marcaba las ocho de la tarde.
            En ningún momento, Ismael dio muestras de fatiga, parecía que los kilómetros apenas hacían mella en su condición física y llegaba a ser la envidia de los peregrinos que caminaban con ellos ya que incluso en las duras subidas del Irago, O Cebreiro y el alto do Poio, no bajaba casi el ritmo que llevaba en la parte más lisa de la etapa.
            Después de treinta días, llegaron a su meta, desde el Monte do Gozo, ya veían a sus pies las torres donde darían por finalizado su sueño. Susana estaba radiante, lo habían conseguido, lo que nadie creía, ahora no tendrían más remedio que darle la razón, pero también le entro la tristeza, sabía que se terminaba la aventura, había sido tan importante para ella ver cumplido su sueño y aunque su padre no se diera cuenta, también el suyo se había convertido en realidad. Ahora la daba pena de no seguir compartiendo con su padre los días que habían convivido de forma tan intensa.
            Cuando llegaron a la plaza del Obadoiro, Susana se abrazó a su padre y rompió a llorar, eran lágrimas de alegría, de felicidad. Estaba tan dichosa que en esos momentos se sentía la persona más feliz del mundo y sin dejar de abrazar a su padre marco el teléfono de su madre para que ella también compartiera la alegría que en esos momentos sentía.
            Accedieron al interior del templo por la fachada principal de la Catedral, bajo el Pórtico de la Gloria y se sintieron observados por todas ya cada una de las figuras que el maestro Mateo supo esculpir con tanta belleza. Se sentaron en uno de los bancos de la nave central para estar presentes en la misa que se hacía en su honor y en el del resto de los peregrinos que ese día habían llegado con ellos a la capital gallega. Ismael observaba como una vez finalizada la misa el botafumeiro se balanceaba por encima de sus cabezas y seguía su movimiento con la mirada.
            Una vez que fueron bendecidos por los sacerdotes que concelebraban la misa, se dirigieron a la parte trasera del altar mayor descendiendo a la cripta que guarda los restos del discípulo de Jesús y también se situaron en la espalda del Santo que hay en el altar. Ismael esperó a que el peregrino que estaba delante de él diera el abrazo al Santo y luego él le imito.
            Cuando se encontraba rodeando con sus brazos la espalda del santo, comenzó a llorar de una forma muy efusiva, lo hacia con tanta congoja que Susana se preocupó y se abalanzó hacia su padre para ver que era lo que le ocurría, cuando este se dio la vuelta, ella vio que sus ojos no cesaban de arrojar grandes lagrimas pero su rostro estaba muy tranquilo, Susana lo veía feliz y radiante. En ese momento se dio cuenta que en el abrazo al santo su padre había sido por primer vez consciente de lo que acababan de hacer y su sueño de toda la vida se había cumplido, el camino no había conseguido alejarse del todo de su mente.