viernes, 16 de marzo de 2012

almeida








El camino en el olvido



            Ismael se había jubilado cinco años antes, tuvo que hacerlo obligado, ya que cuando el alzheimer comenzó a destruir las células que guardaban su memoria apenas podía recordar las cosas más básicas de su trabajo y no podía desarrollarlo con normalidad.
            Desde muy joven le había apasionado la mecánica, por lo que cuando comenzó su vida laboral, encontró un puesto de trabajo en un taller de automóviles. Su habilidad enseguida le hizo destacar sobre el resto de sus compañeros, llegando a ser el responsable de la sección mecánica encargándose de aquellos casos que el resto de los compañeros no eran capaces de solucionar.
            Su universo se encontraba completo con su trabajo y su familia, tenía tres hijos que ya habían abandonado el hogar y una hija, Susana que llego de forma inesperada y se convirtió en su principal apoyo y con la que compartía sus confidencias.
            Desde muy pequeña, Susana se sentaba al lado de Ismael y escuchaba las historias que a él le gustaba tanto contar, la mayoría eran sobre el Camino de las Estrellas, era su pasión a pesar de que nunca había puesto sus pies en el. En numerosas ocasiones planifico realizarlo durante las vacaciones, pero siempre surgía algún imprevisto que le obligaba a posponerlo, cuando no eran temas familiares, no quería dejar durante un mes a su familia sola, surgían problemas laborales, un mecánico que había cogido la baja en plenas vacaciones cuando la plantilla del taller estaba bajo mínimos o cualquier otro imprevisto.
            Pensaba jubilarse a los sesenta y cinco años, entonces Susana contaría ya con veinte. La fue contagiando de la pasión y la ilusión que ponía cada vez que hablaba del camino. Dos años antes de detectar su enfermedad, le aseguro a Susana que los dos recorrerían juntos el camino el primer mes después de su jubilación.
            La perdida acelerada de su memoria hizo que todo se pospusiera, incluso consiguió que Ismael se olvidara del camino, ya era completamente dependiente y para salir a cualquier sitio debía hacerlo acompañado ya que de lo contrario acabaría perdiéndose porque se desorientaba con mucha facilidad.
            Susana en cambio, cada vez pensaba más en el camino. Era tanta la emoción que había percibido en cada palabra que su padre le  mencionaba cuando le hablaba de esta ruta que fue haciendo que su cabeza en mil ocasiones viviera y reviviera su aventura de llegar a Santiago caminando Pero sabia que ya no seria igual ya que no llevaría al compañero con el que tanto deseaba hacerlo.
            Físicamente Ismael se encontraba con las facultades casi intactas, por lo que Susana fue concibiendo una idea, cumpliría su sueño y también su padre conseguiría lograr el suyo, fue madurando esta idea sin hacer participe de ella a ninguna persona de su familia.
            Cuando en el mes de junio, Susana terminó los exámenes en la Facultad, todos los días salía a pasear con su padre, lo hacían durante dos horas la primera semana y se incrementaron a cuatro la segunda hasta que al cabo de un mes comprobó que las fuerzas de su padre eran envidiables y había llegado el momento de poner en practica sus planes.
            Un domingo, cuando sus hermanos fueron a la casa familiar para comer todos juntos y acompañar durante un rato a sus padres, Susana después de carraspear con fuerza como tratando de eliminar de la garganta algo que la oprimía, dijo dirigiéndose a todos:
            - Dentro de tres días salimos para Roncesvalles para hacer el camino de Santiago.
            - Como que salimos – pregunto su madre.
            - Sí, papa y yo haremos el camino, era su sueño que lo ha llegado a convertir en el mío y quiero que antes que nos deje lo pueda ver cumplido.
            - Eso no puede ser – exclamo Jorge, su hermano mayor – papa no está en condiciones de hacer lo que estás proponiendo.
            - Lo he comprobado durante estas últimas semanas caminando con él, hay días en los que hemos caminado más de veinte kilómetros y no ha mostrado ningún síntoma de cansancio – respondió Susana – lo tengo decidido por él, es lo único que le queda por cumplir y no es justo que se lo neguemos.
            - Pero has pensado bien lo que vas a hacer hija – dijo la madre.
            - Sí mama, no te preocupes, él estará bien, yo me encargaré en todo momento de cuidarle, no le dejaré solo nunca, será más fácil que se desoriente por la calle que conmigo en el camino – respondió de forma tajante Susana sin dar opción a ninguna replica.
            El resto de la comida y durante la sobremesa, se fueron formando corrillos entre la madre, los hermanos y las mujeres de estos y Susana procuraba estar al tanto de todo lo que se iba diciendo atajando en todo momento con aclaraciones las dudas que iban surgiendo.
            Todos eran conscientes de lo sensata que era Susana y al final se convencieron que si ella deseaba afrontar esta aventura, estaban convencidos que había analizado previamente todos los imprevistos que pudieran surgirles por lo que solo les quedaba asumir y apoyar a su hija y hermana para que este proyecto finalizara como todos deseaban.
- Papa, nos vamos a ir al camino – le susurro Susana abrazándole del cuello cuando se quedaron los dos solos.
Ismael sonrió, fue una tierna sonrisa como de comprensión, gratitud o felicidad, quizá una mezcla de las tres cosas, pero no dijo nada, aunque con la sonrisa Susana compendio que entendía lo que ella le había dicho.
Jorge se ofreció para llevarles en coche hasta Roncesvalles, salieron de casa después  de comer ya que deseaban llegar con tiempo suficiente para alojarse en el albergue y participar en la misa del peregrino.
Durante todo el camino Ismael apenas pronuncio ninguna palabra, se había vuelto muy retraído ya que cada vez le costaba mas construir frases coherentes. Con los desconocidos había suprimido toda la comunicación, incluso con sus hijos, únicamente Susana y su mujer eran los que conseguían establecer alguna comunicación con él.
            Observaba todo lo que había a su alrededor, todo era nuevo para él y miraba cada cosa con la curiosidad de quien ve algo por primera vez.
            Susana acomodó a su padre en la litera inferior, tenía miedo que al no darse cuenta de donde se encontraba se fuera a levantar y se cayera, todos los días haría lo mismo y cuando no quedaran literas bajas, ella se encargaría de proporcionarle una.
            Se acercaron hasta el hermoso templo donde presenciaron la misa cantada que los monjes celebran cada día en honor de los peregrinos. Susana observaba en todo momento las reacciones de su padre y cuando la misa finalizó, al preguntarle si le había gustado, este no dijo nada y dejo escapar una fina lagrima que se deslizó con suavidad por su mejilla.
            Susana había proporcionado a su padre una pequeña mochila en la que llevaba las cosas más necesarias de cada jornada, ella se encargaba de llevar el resto, aunque había suprimido al máximo las cosas que llevarían consigo y si necesitaban algo lo comprarían en los numerosos pueblos que jalonan la ruta.
            Para evitar que en un despiste su padre se encontrara solo, en varias prendas, en la gorra que llevaba y en la mochila había cosido unos pequeños letreros en los que se leía “Me llamo Ismael y el número de teléfono de Susana”
            Las primeras etapas resultaron un poco complicadas, como no quería separarse de su padre, debían caminar al mismo ritmo e Ismael tenía unos pies más largos que los de Susana por lo que esta debía incrementar constantemente su ritmo. En varias ocasiones trato de explicarle a su padre que debía caminar algo más despacio y aunque este asentía con la cabeza al cabo de unos minutos no recordaba nada de o que habían hablado.
            En los largos caminos que se perdían en el horizonte, Susana le daba un poco más de rienda suelta aunque procuraba en todo momento no alejarse de él para evitar que luego la resultara muy difícil darle alcance y se despistara cuando no le tuviera a la vista.
            Fueron coincidiendo con algunos peregrinos que pronto conocieron la historia de los dos peregrinos y algunos viendo el sufrimiento que tenia Susana para seguir el ritmo de su padre, colaboraban con ella y caminaban junto a Ismael y cuando llevaban varios kilómetros recorridos se detenían sentándose a esperar la llegada de su hija, así cada uno llevaba su ritmo y no debía esforzarse por caminar a un ritmo diferente del habitual.
            Donde Susana debía estar más pendiente de su padre, era cuando llegaban a las poblaciones más grandes en las que en ocasiones se mezclaban con numerosas personas y había el peligro que Ismael se fuera detrás de alguna de ellas sin que su hija se diera cuenta. Para evitar esta situación, llevaba un cordel de un metro que lo anudaba a las correas de las dos mochilas y de esa forma era imposible que la multitud consiguiera separarles.
            Como antes de salir de casa Susana fue analizando todas las situaciones imprevistas, estaba preparada para que nada anómalo pudiera ocurrir, el único momento en el que podía estar alejado de su padre era cuando se metía bajo la ducha diaria, pero como Ismael no sabía lo que tenía que hacer para asease a diario, decidió que los dos se ducharían juntos. Los primeros días fueron los más difíciles, superar el pudor que le producía ver desnudo el cuerpo de su padre fue muy duro para ella, pero enseguida consiguió superarlo y se acostumbró a esta nueva situación.
            Únicamente hubo dos ocasiones en las que perdió de vista a su padre y se sobresaltó, la primera fue en la capital riojana cuando entraron en un supermercado para coger provisiones y mientras estaban en la cola para abonar el importe de la compra, Ismael se encontraba detrás de su hija y cuando esta se giró para decirle algo se dio cuenta que había desaparecido. Recorrió varios pasillos hasta que le vio en la zona de los accesorios del automóvil donde se había detenido quizá recordando algunas cosas que en momentos de lucidez su mente recordaba haberlas visto anteriormente.
            La segunda vez fue en León cuando entraron a visitar el templo de San Isidoro con un grupo guiado y en un despiste, mientras Susana contemplaba una tumba, su padre se alejó. Ella fue de inmediato a la salida para avisar al encargado del acceso de la situación que se había producido y cuando miro a la calle vio a su padre en medio de la plaza que hay en la fachada del templo.
            Las comidas que eran otra de las preocupaciones de Susana no resultaron ningún inconveniente ya que Ismael tenía mucho apetito y consumía todo lo que le servían con bastante avidez, en ocasiones debía contenerle ya que de lo contrario comía también lo de los otros platos que había sobre la mesa fueran o no de ellos.
            Ismael se hizo muy popular en el grupo de peregrinos que habitualmente solían coincidir al finalizar la etapa, eso permitía a Susana estar un poco más relajada ya que todos conocían el problema de su padre y procuraban estar pendientes de él lo que Susana agradecía ya que la tensión diaria en ocasiones llegaba a fatigarla más que el propio camino.
            Cada día llamaba a casa para tranquiliza a la familia, la primera semana era una obligación hacerlo ya que todos estaban pendientes de lo que había ocurrido ese día y después de la hora convenida para conversar los hijos estaban esperando la llamada de su madre para que les contara la situación en la que los dos se encontraban. Últimamente se había convertido en un habito, una formalidad que debía cumplir cada vez que el reloj marcaba las ocho de la tarde.
            En ningún momento, Ismael dio muestras de fatiga, parecía que los kilómetros apenas hacían mella en su condición física y llegaba a ser la envidia de los peregrinos que caminaban con ellos ya que incluso en las duras subidas del Irago, O Cebreiro y el alto do Poio, no bajaba casi el ritmo que llevaba en la parte más lisa de la etapa.
            Después de treinta días, llegaron a su meta, desde el Monte do Gozo, ya veían a sus pies las torres donde darían por finalizado su sueño. Susana estaba radiante, lo habían conseguido, lo que nadie creía, ahora no tendrían más remedio que darle la razón, pero también le entro la tristeza, sabía que se terminaba la aventura, había sido tan importante para ella ver cumplido su sueño y aunque su padre no se diera cuenta, también el suyo se había convertido en realidad. Ahora la daba pena de no seguir compartiendo con su padre los días que habían convivido de forma tan intensa.
            Cuando llegaron a la plaza del Obadoiro, Susana se abrazó a su padre y rompió a llorar, eran lágrimas de alegría, de felicidad. Estaba tan dichosa que en esos momentos se sentía la persona más feliz del mundo y sin dejar de abrazar a su padre marco el teléfono de su madre para que ella también compartiera la alegría que en esos momentos sentía.
            Accedieron al interior del templo por la fachada principal de la Catedral, bajo el Pórtico de la Gloria y se sintieron observados por todas ya cada una de las figuras que el maestro Mateo supo esculpir con tanta belleza. Se sentaron en uno de los bancos de la nave central para estar presentes en la misa que se hacía en su honor y en el del resto de los peregrinos que ese día habían llegado con ellos a la capital gallega. Ismael observaba como una vez finalizada la misa el botafumeiro se balanceaba por encima de sus cabezas y seguía su movimiento con la mirada.
            Una vez que fueron bendecidos por los sacerdotes que concelebraban la misa, se dirigieron a la parte trasera del altar mayor descendiendo a la cripta que guarda los restos del discípulo de Jesús y también se situaron en la espalda del Santo que hay en el altar. Ismael esperó a que el peregrino que estaba delante de él diera el abrazo al Santo y luego él le imito.
            Cuando se encontraba rodeando con sus brazos la espalda del santo, comenzó a llorar de una forma muy efusiva, lo hacia con tanta congoja que Susana se preocupó y se abalanzó hacia su padre para ver que era lo que le ocurría, cuando este se dio la vuelta, ella vio que sus ojos no cesaban de arrojar grandes lagrimas pero su rostro estaba muy tranquilo, Susana lo veía feliz y radiante. En ese momento se dio cuenta que en el abrazo al santo su padre había sido por primer vez consciente de lo que acababan de hacer y su sueño de toda la vida se había cumplido, el camino no había conseguido alejarse del todo de su mente.

No hay comentarios:

Publicar un comentario