viernes, 16 de marzo de 2012








¡Qué viene el lobo!
       



Cuando realicé el cursillo de hospitalero voluntario, todos los asistentes éramos novatos a excepción de los monitores que nos iban transmitiendo sus experiencias y estábamos un poco a la expectativa de lo que podíamos experimentar. No sabíamos muy bien lo que nos esperaba, estábamos allí porque todos más o menos teníamos las mismas ganas de devolver al Camino todo lo maravilloso que nos había regalado. Pero aunque todos compartíamos el mismo objetivo éramos un colectivo bastante heterogéneo tanto en diferencia de edad como en procedencia social…, porque el Camino no hace distinciones, todos somos Peregrinos, pero siempre hay algunos que sobresalen y destacan por su originalidad y a veces, incluso por su descaro e ingenio. Cuando esto sucedía, Anai que coordinaba el cursillo, señalando y casi como compadeciendo al que había destacado, le decía “tú me parece que vas a ir a Ponferrada”. Aunque no sabía muy bien cómo debía interpretar aquello, me sonaba como a un castigo. Me acordaba de cuando nuestro comportamiento de pequeños no era el adecuado y nos decían: “¡qué te vas al cuarto oscuro!”.
Fue una impresión seguramente equivocada y mi imaginación unas veces inquieta y otras un poco por ignorancia, se encargó de ir haciéndome adquirir una idea preconcebida de este albergue.
Pensándolo fríamente, durante mucho tiempo, este ha sido uno de los albergues más grandes del Camino y poder controlarlo con satisfacción tiene que resultar algo muy complicado. Cientos de peregrinos diarios pueden convertirse en cientos de problemas o sea que era, en principio, un destino nada envidiable.
Por eso cuando me ofrecí como hospitalero para ocupar unos días que tenía libres y Anai me dijo: “A Ponferrada”, mi primera impresión fue pensar: “¡qué viene el lobo!”… y yo voy directamente a su madriguera”.
Cuando llegué al albergue y me presenté, el hospitalero casi sin  saludarme me miró como quien ve caer una bendición del cielo diciéndome que era más bienvenido que el agua de mayo. Mi  llegada era una imperiosa necesidad ya que el hospitalero se encontraba desbordado: en un albergue con una media de entre ciento cincuenta y doscientos peregrinos diarios, dos hospitaleros son una minucia, lo ideal es que haya cuatro o seis para que todo funcione a la perfección y dar al peregrino la acogida que se merece.
Hechas estas premisas y una vez en mi puesto, después de pasar casi diez días muy intensos, solo puedo asegurar que ha sido una bendición poder haber ejercido mi hospitalidad en  un albergue como éste.
Uno que se va considerando algo veterano en esto de la hospitalidad y que dispone del criterio suficiente para saber extraer las bondades de cada sitio, puede afirmar que no cambiaría por nada los días que se ha ofrecido voluntario en la capital del Bierzo.
Desde que por la mañana sonaba el reloj, a las cinco y cuarto hasta que a las once y media regresaba a los brazos de Morfeo eran dieciocho horas de intensos momentos: de despedidas, de limpieza, de acogida y consuelo que han sido muy especiales y gratificantes.  En situaciones y en albergues como este de San Nicolás de Flüe es donde la hospitalidad se puede poner con mayúsculas porque todo el día lo dedicas a las necesidades del peregrino que llega al albergue y esos cientos de problemas, se convierten en cientos de satisfacciones.
Un lugar tan grande, puede parecer a primera vista que es algo muy impersonal, donde la convivencia con los peregrinos es muy escasa, pero resulta todo lo contrario. Al  haber tanta diversidad, siempre encuentras mucha gente que necesita ser escuchada porque las sensaciones diarias tienen que ser los peregrinos quienes las transmitan y el hospitalero quien debe estar para saber escucharlas con esa paciencia que nos caracteriza.
Lo bueno de conocer estos lugares, es que nos dan la oportunidad de cambiar las ideas preconcebidas que teníamos, y gracias a la experiencia personal, podemos enriquecernos con las sensaciones y las vivencias que vamos acumulando cada día, y de esa forma siempre prevalecerá nuestro propio criterio.
Gracias al albergue de San Nicolás de Flüe por haberme permitido sentir de una forma intensa la hospitalidad como yo la concibo. Creo que es uno de los albergues a los que quiero y deseo volver pero no porque en un momento determinado puedan necesitarme, hay muchos hospitaleros en todo el mundo que pueden hacer esa labor, sino porque seré yo quien necesite lo que este albergue puede ofrecerme. Me ha regalado tan buenos momentos y recuerdos que siempre tendrán un lugar especial en mi corazón formando ya parte de mi experiencia personal.
El lobo se ha convertido en un hermoso cordero que dócilmente sabe acoger en su regazo a todos los que acuden a él y nos permite captar esas sensaciones y esencias que pensábamos que ya habían desaparecido y cuando por fin las encontramos nos sentimos reconfortados

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